Al día

18
Octubre

Durante su campaña presidencial Donald Trump tuvo la osadía (¿bravuconada?, ¿estupidez quizá?, ¿mal cálculo político?) de preguntarse si era conveniente continuar la guerra en Siria y la tirantez con Rusia.

“El [presidente] habló sobre cómo durante su administración los Estados Unidos serán testigos de la mayor acumulación militar en la historia del país. ¿Quién se beneficia? El Pentágono, los contratistas de defensa y los trabajadores en algunos estados particulares”.

Donald Abelson, Universidad de Ontario.

Probablemente cruzó por su cabeza la idea de poner énfasis, en lo fundamental, en el impulso a una alicaída economía doméstica, que paulatinamente va haciendo descender el nivel de vida de los ciudadanos estadounidenses comunes. Sus afiebradas promesas de hacer retornar a suelo patrio la industria deslocalizada (trasladada a otros puntos del mundo con mano de obra más barata), no parecen haber pasado de vano ofrecimiento. Unos pocos meses después, a menos de un año de su administración, puede verse cómo la política exterior estadounidense sigue siendo marcada por el todopoderoso complejo militar-industrial, y las guerras se suceden interminables. Y el presidente es su principal y alegre defensor.

A unos pocos días de su asunción como primer mandatario, el 27 de enero emitió el “Memorando Presidencial para Reconstruir las Fuerzas Armadas de Estados Unidos”, una más que clara determinación de concederle poderes ilimitados a la omnipotente industria militar de su país. En la Sección 1 de dicho documento, titulada “Política”, puede constatarse que “Para alcanzar la paz por medio de la fuerza, será política de los Estados Unidos reconstruir las Fuerzas Armadas.” El mensaje no deja lugar a dudas. Casi inmediatamente después de la firma de ese memorando, comienzan los grandes negocios de la industria bélica.

Empresas fabricantes de ingenios militares como Lockheed Martin (especializada en aviones de guerra como el F-16 y los helicópteros Black Hawk, la mayor contratista del Pentágono), Boeing (productora los bombarderos B-52 y los helicópteros Apache y Chinook), BAE Systems (vehículos aeroespaciales, buques de guerra, municiones, sistemas de guerra terrestre), Northrop Grumman (primer constructor de navíos de combate), Raytheon (fabricantes de los misiles Tomahawk), General Dynamics (quien aporta tanques de combate y sistemas de vigilancia), Honeywell (industria espacial), Dyncorp (monumental empresa que presta servicios de logística y mantenimiento de equipos militares) –compañías todas que para el año 2016 registraron ventas por casi un billón de dólares, teniendo incrementos desde el 2010 de un 60% en sus ganancias– se sienten exultantes: la “guerra infinita” que iniciara algunos años atrás con la “batalla contra el terrorismo”, no parece detenerse. La necesidad perpetua de renovar equipos y toda la parafernalia militar asociada promete ingentes ganancias. Todo indica que esa rama industrial sigue marcando el paso de la política imperial.

No hay dudas que la pujanza de la economía estadounidense no es hoy similar a lo que fuera en la inmediata post guerra de 1945 y esos primeros años de triunfalismo desbordado (hasta la crisis del petróleo en la década de los 70), cuando era la superpotencia intocable. Ello no significa que está agotado el imperio estadounidense, pero sí que comienza un lento declive. De ahí que la omnímoda presencia militar en el mundo le puede asegurar el mantenimiento de su supremacía como poder hegemónico al aparecer nuevos actores que le hacen sombra (China, Rusia, Unión Europea, BRICS), al par que dinamizar muy profundamente su propia economía (3.5% de su producto bruto interno lo aporta el complejo militar-industrial, generando enormes cantidades de puestos de trabajo).

El 23 de febrero, un mes después de haber tomado posesión de su cargo en la Casa Blanca, Donald Trump declaraba provocador –fiel a su estilo– que Estados Unidos estaría reconstruyendo su arsenal atómico, dado que “se había quedado atrás” en términos comparativos con Rusia, y “será el mejor de todos” para asegurar que se colocaría “a la cabeza del club nuclear”.

Para darle operatividad a sus altisonantes declaraciones propuso un aumento de casi 17% del presupuesto de las fuerzas armadas. Ello podrá hacerse sacrificando con drásticas reducciones presupuestos sociales, tales como educación, medio ambiente, inversión en investigación científica, cultura y cooperación internacional.

El actual presupuesto para las fuerzas armadas es de 639,000 millones de dólares, lo que representa un 9% más de lo destinado a gastos militares en el último ejercicio fiscal del ex presidente Barack Obama. Esa monumental cifra está destinada, básicamente, a la adquisición de nuevas armas estratégicas, a renovar profundamente la marina de guerra y a la preparación de tropas.

Paralelo a esta presencia de la industria bélica en los planes estratégicos de la presidencia, es digno de mencionarse cómo determinados personeros militares han ido ocupando puestos determinantes en toda la administración de Trump. Su jefe de despacho es John Kelly, general de los marines; el asesor de Seguridad Nacional es el general Herbert McMaster, veterano de las guerras de Irak y de Afganistán, muy respetado dentro de la jerarquía militar del Pentágono; el Secretario de Defensa es el general Jim Mattis, igualmente otro marine, conocido por su nada amigable apodo de “Perro loco”, polémico comandante de las tristemente célebres operaciones en Irak y Afganistán, entre las que está la masacre de Faluya, en Irak, en el año 2004 (un virtual criminal de guerra).

Junto a esta presencia determinante de la casta militar, Donald Trump ha dado lugar al ingreso masivo de altos ejecutivos del complejo militar-industrial en puestos claves de su gobierno. Así, por ejemplo, puede mencionarse a la actual Secretaria de Educación, la multimillonaria Betsy Devos, hermana del ex militar y fundador de la empresa contratista de guerra Blackwater, Erik Prince. En otros términos: los generales y los fabricantes de la muerte son quienes fijan la geoestrategia de la principal potencia mundial. La destrucción, patéticamente, es buen negocio (¡para unos pocos!, claro está).

La militarización y la entrada triunfal de la industria bélica es pieza clave de la política del actual presidente de Estados Unidos. Ello puede apreciarse, además, en la estrategia de seguridad interna, por cuanto Trump rescindió un decreto ejecutivo de la presidencia de Barack Obama que prohibía el equipamiento militar a las policías locales. De este modo, el complejo militar-industrial podrá producir y vender a los cuerpos policiales armas de alto calibre, vehículos artillados y lanzagranadas. El negocio, sin dudas, marcha viento en popa.

Si en algún momento se pudo haber pensado que la llegada de Trump con su idea de revitalizar la economía doméstica detendría en alguna medida el papel de hiper agente militar y gendarme mundial de Estados Unidos –lo que sí impulsaba la candidata Hillary Clinton–, la realidad mostró otra cosa. Dos fueron los hechos que, de una vez y terminantemente, evidenciaron quién manda realmente: el innecesario bombardeo a un base aérea en Siria –el 7 de abril– (operación militar absolutamente propagandística, sin ningún efecto práctico real en términos de operativo bélico), y unos días más tarde –el 13 de abril– el lanzamiento de la “madre de todas las bombas”, la GBU-43/B, el más potente de todos los explosivos no nucleares del arsenal estadounidense, en territorio de Afganistán (supuesto escondite del Estado islámico, igualmente operación más mediática que militar, sin ninguna consecuencia real en términos de operativo castrense).

Es más que evidente que en esta fase de capitalismo global e imperialismo desenfrenado, la estrategia hiper militarista garantiza a la clase dominante de Estados Unidos una vida que la economía productiva ya no le puede asegurar. Los nuevos enemigos se van inventando, ahora que la Guerra Fría y el fantasma del comunismo desaparecieron. Ahí están entonces, a la orden del día, “la lucha contra el terrorismo”, “la lucha contra el narcotráfico”, y seguramente en un futuro cercano “la lucha contra el crimen organizado”. Como dijera en el 2014 el por ese entonces Secretario de Defensa en la presidencia de Barack Obama, León Panetta: “La guerra contra el terrorismo durará no menos de 30 años.”

El guion ya está trazado. No importa quién sea el ocupante de la Casa Blanca: los planes deben cumplirse. Si en algún momento el errático Donald Trump pudo haber hecho pensar que no era “un buen muchacho” que seguía lo establecido, la tozuda realidad (léase: los intereses inamovibles de quienes dirigen el mundo) lo pusieron en cintura.

¿Habrá guerra para rato entonces? De todos nosotros depende que ello no sea así. El llamado Reloj del Juicio Final, elaborado por el Boletín de Cientistas Atómicos de Estados Unidos, fue adelantado medio minuto para indicar que estamos a dos minutos y medio (en términos metafóricos) de un posible holocausto termonuclear si se sigue jugando a la guerra. El complejo militar-industrial estadounidense se siente omnipotente: juega a ser dios, juega con nuestras vidas, juega con el mundo. Pero un pequeño error puede producir la catástrofe. En nombre de la supervivencia de la especie humana y del planeta Tierra debemos luchar tenazmente contra esta demencial política. Lo cual es decir, en definitiva, luchar contra el sistema capitalista. Es evidente que dentro de estos marcos es más fácil el exterminio de toda forma de vida que el encontrarle solución a los ancestrales problemas de la humanidad. En ese sentido, entonces, son hoy más premonitorias que nunca las palabras de Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”.

18
Octubre

Una caricatura recién aparecida en una publicación de EE.UU. refleja la situación poco menos que de ingobernabilidad que vive esa nación.

Aparece Donald Trump caricaturizado como un niño pequeño, necio e irresponsable, en el centro una gran sala de la Casa Blanca, rodeado de los principales asistentes del Presidente (asesores, ministros y jefes militares) igualmente caricaturizados. Todos están atentos a lo que haga el niño majadero para correr a enmendar sus desatinos, relegando la atención y cumplimiento de sus obligaciones propias.

Ciertamente las torpezas de Trump en el desempeño de su alto cargo son cotidianas.

Son muchos los norteamericanos que se abochornan por las alusiones despectivas y prejuiciadas con que su Presidente se refiere a los musulmanes, los mexicanos, los puertorriqueños y a otros pueblos formalmente aliados de Washington, muchos de cuyos nativos, en calidad de inmigrantes, forman parte de la población de Estados Unidos.

Nadie puede negar, sin embargo, que Donald Trump ha sido fiel al programa de gobierno que enarboló como candidato a la presidencia.

Sólo que siendo práctica habitual que los candidatos prometan cualquier cantidad de locuras en aras de atraerse los votos del sector de la población que han seleccionado como objetivo en algún segmento de su campaña proselitista, una vez electos, éstos olviden totalmente tales ofrecimientos.

Cualquier observador nacional o internacional medianamente informado en todo el mundo, salvo probablemente el propio Donald Trump, advierte que Estados Unidos es actualmente una gran potencia en crisis muy seria, probablemente terminal.

Su economía atraviesa una crisis multifactorial disimulada por el privilegio, cada vez más insostenible, de contar con la facultad de emitir unilateralmente dólares estadounidenses y que ésta sea la moneda mundial; su deuda externa e interna es la mayor del mundo; la seguridad interna está en crisis; la asistencia médica de los estadounidenses es la más inicua en el llamado primer mundo; el país es el principal consumidor de drogas adictivas y, como tal, primer culpable por las secuelas del narcotráfico en el mundo; habiendo sido actor principal de las mayores agresiones de la humanidad al medioambiente, Norteamérica ha comenzado a sufrir los efectos de una respuesta de la naturaleza que amenaza llegar a ser devastadora no sólo para los pequeños países sino para todos en el planeta; se agravan y suceden con mayor frecuencia las crisis derivadas de las exclusiones sociales: la discriminación racial, de los LGTBI y de los inmigrantes; la proliferación de bases militares en varios países constituye, en sí misma, presagio de situaciones tensas y difíciles de preguerra; la deuda estudiantil amenaza inexorablemente el futuro del país… Agréguense a esta lista los efectos sociales de las guerras que se libran contra varios países del Tercer Mundo, en buena medida iniciadas para satisfacer intereses exportadores de las industrias productoras de armamento y para promover el empleo frente al fenómeno de la fuga de capitales hacia países con salarios de miseria.

Todas estas crisis son de diferente origen y alcance, pero tienen en común su carácter insoluble. Ninguna surgió por culpa del actual Presidente, pero su actuación en el corto período en que ha ejercido el mando invita a pronósticos alarmantes.

En una situación como ésta muchos politólogos diagnosticarían para Estados Unidos la inminencia de una revolución o de un golpe de estado si carece de una dirigencia capaz de superar tan compleja crisis múltiple.

Evidentemente, Trump no posee las condiciones requeridas para asumir esa tarea. Mucho menos si se conoce que su salud mental está siendo públicamente cuestionada por instituciones psiquiátricas y cientos de profesionales de esa especialidad que se desempeñan en los más prestigiosos hospitales y universidades.

Trump ha demostrado ser un hábil populista de derecha. Hizo tantas promesas absurdas o contradictorias para halagar a sus auditorios que puede suponerse que ni sus partidarios ni sus oponentes deben haber tomado en serio sus ofrecimientos.

A partir de Trump comenzó a hacerse evidente lo que todo el mundo sabe hace mucho tiempo, dentro y fuera del país: una significativa parte de la dirección política estadounidense es xenófoba, proteccionista, racista y mal informada.

Como candidato a la presidencia estadounidense, Trump posó en algunos momentos como populista favorable a los trabajadores, se presentó como crítico del establishment y se mostró partidario de “devolver el poder al pueblo” pero bien pronto salió a relucir su compromiso con los bancos y el sector empresarial.

Trump está demostrando que los golpes de pecho sobre el “liderazgo de Estados Unidos” y el eslogan de “América primero” no hacen a los estadounidenses más seguros y ni más prósperos.

18
Octubre

Los enemigos de Venezuela y su Revolución Bolivariana han sufrido dos contundentes derrotas en el breve plazo de dos meses: las elecciones para la Asamblea Constituyente de donde deberá salir la nueva Carta Magna del país y los comicios regionales para elección de gobernadores de los 23 estados que componen esa nación sudamericana.

Ambas jornadas se desarrollaron de manera pacífica, con alta participación popular, reconocida profesionalidad de las autoridades electorales, pulcro acompañamiento internacional y un ambiente de fiesta democrática que, entre otras cosas, reflejó un amplio repudio a la violencia, los desmanes y los crímenes auspiciados por la oposición golpista en meses pasados.

Mostraron, además el más generalizado repudio a la injerencia imperialista extranjera y una defensa intransigente a la independencia y soberanía nacionales. Sus cabezas visibles, Donald Trump y Luis Almagro, quedaron aplastados y ridiculizados por la avalancha de sufragios depositados por los electores venezolanos de las más variadas tendencias y corrientes de opinión, pero firmemente alineados en que sólo a los venezolanos corresponden el tratamiento y la solución de las cuestiones nacionales.

Han sido dos bofetadas consecutivas que la dignidad del pueblo venezolano ha propinado a las pretensiones dictatoriales de la Casa Blanca y a la desprestigiada OEA, poniendo las cosas en su lugar y consolidando ante América Latina, el Caribe y el mundo la autoridad constitucional del gobierno venezolano legítimamente elegido.

Los ocho millones de participantes en las elecciones para la Asamblea Constituyente y el 65 por ciento de votantes alcanzados en las elecciones regionales, cifra récord en una elección de este tipo, evidencian los deseos de paz del pueblo venezolano y su decisión de resistir y vencer la criminal guerra económica que le han impuesto los enemigos.

Los resultados electorales ponen igualmente de manifiesto que la gran mayoría de la población ha identificado claramente a los autores intelectuales y materiales de la violencia y el bloqueo económico, castigando así a la oposición golpista que, desde la Asamblea Nacional, se ha dedicado sólo a conspirar sin aportar una sola solución al país, de ningún tipo.

Todo indica que las recientes “guarimbas, acompañadas por amenazas, saqueos y asesinatos contra ciudadanos inocentes incluidos hospitales y escuelas, contribuyeron a desenmascarar definitivamente a esa oposición golpista que busca entregar la soberanía, las riquezas naturales y los recursos del país al amo extranjero.

Ni las millonarias campañas mediáticas que incesantemente llevan a cabo por la prensa, la radio, la televisión y las redes sociales a su servicio pudieron trocar y confundir la voluntad mayoritaria del pueblo. Buscarán seguramente ahora nuevos pretextos y calumnias pero sus posibilidades de confundir y ocultar van reduciéndose inexorablemente, tal como muestran los últimos acontecimientos.

Puede afirmarse sin dudas que entre Trumps, Almagro y las “guarimbas” le han dado a la oposición golpista el abrazo de la muerte.

17
Octubre

El anuncio prácticamente simultáneo y evidentemente coordinado por parte de los gobiernos de Estados Unidos y de la entidad sionista israelí de que abandonan ambos la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). No sólo refleja el salvajismo de esos dos regímenes sino también sirve para corroborar unos cuantos elementos que se proyectan sobre la política mundial y la humanidad en general.

Pone de manifiesto la decisiva influencia que ejerce ahora Israel, posiblemente como nunca antes, sobre la política exterior de Estados Unidos, arrastrándolo a las posiciones irracionales e irresponsables que caracterizan a los gobernantes actuales de Tel Aviv y en especial a su primer ministro.

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